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¿Somos lo que comemos? | Ignacio Román

A mediados del siglo XIX, el filósofo alemán Ludwig Feuerbach, señaló: «Si se quiere mejorar al pueblo, en vez de discursos contra los pecados denle mejores alimentos. El hombre es lo que come». El gran problema es cuando nos alimentamos esencialmente de comida basura… ¿En qué nos estamos convirtiendo?

México es un país megadiverso, lo que nos convirtió en una de las culturas gastronómicas más ricas, nutritivas y variadas de la humanidad.

Además, junto con la cultura china y a diferencia de otras, nuestra cultura gastronómica no es esencialmente de “alta cocina” sino de alimentos populares: baste enumerar para algunos estados la sopa de lima yucateca, el pan de cazón campechano, el queso de Chiapas, los moles negros de Oaxaca y el poblano, el pescado a la varacruzana, la jaiba tamaulipeca, las inmensas cocinas poblana y yucateca (que en sí mismas son todo un universo), los tlacoyos y los nopales en el centro del país, la comida prehispánica que subsiste (chapulines, gusano de maguey, escamoles, etc), nuestra birria de Jalisco, los pozoles verde, blanco, rojo y de camarón por toda la costa del pacífico, el pescado zarandeado de Nayarit, los camarones de Sinaloa, las enchiladas potosinas y mineras, el cabrito norteño, la diversidad en la preparación de carne en el norte ganadero, el frijol y el maíz cocinados de cientos de formas, la extraordinaria diversidad de quesos, panes, postres, bebidas, frutas, verduras, raíces, etc.

Si somos lo que comemos, somos todo eso y más. Nuestra “vitamina T” en realidad recorre de ida y vuelta todo el abecedario.

En medio de tal exuberancia, es trágico el que mucho de nuestra vulnerabilidad frente a la pandemia y más allá de ella, de las principales razones de nuestras enfermedades y muertes, estén asociadas a lo que comemos y bebemos.

¿Toda esa comida que acabamos de mencionar es la que nos está enfermando y matando? ¡NO! Lo que nos mata es el haber sustituido a lo largo de unas cuantas generaciones tal auténtica alimentación por el consumo de porquerías de las que no podemos “comer solo una”.

Con la complicidad de múltiples gobiernos creamos, importamos y consolidamos grandes emporios de empresas fabricantes de productos ultraprocesados, hipercalóricos y altamente dañinos (por no decir venenosos). Pizzas de queso sin un gramo de auténtico queso, bebidas de fruta sin nada que ver con la fruta, sopas quién sabe qué compuesto con saborizantes añadidos, por no hablar de los refrescantes líquidos con el equivalente a ocho cucharadas de azúcar por vaso o, en su defecto, edulcorantes destructores de la salud de los niños; de los “pastelillos” que dieron al traste con gran parte de la histórica panadería mexicana; de las hamburguesas altamente cotizadas… por los juguetitos que “regalan” a cambio de comer esos cocteles de grasas, hormonas, agentes químicos añadidos y bebidas hiperengordantes.

¿Por qué comemos eso? En un país en el que gran parte de la población trabaja jornadas extremas, mucho más largas que la máxima legal permitida (48 horas semanales), no queda mucho tiempo ni ganas para ponerse a cocinar largos ratos. En un país en el que gran parte de la población urbana tiene que dedicar más de dos diarias a transportarse rumbo o desde el trabajo a sus viviendas o a las escuelas, está difícil “ir a comer a la casa”.

En un país en donde una cuantas cadenas oligopólicas de “tiendas de conveniencia” saturan sus miles de locales con comida chatarra en vez de frutas, verduras y comida sana, está difícil andar buscando otra cosa. En un país en donde estamos expuestos a toneladas de publicidad para comer productos dañinos, no nos podemos pasar de largo.

Pero al “somos lo que comemos” podemos agregarle el “no hay mal que por bien no venga”. El primero de octubre entrará en operación la nueva Norma Oficial Mexicana (NOM 051) sobre el etiquetado de alimentos y bebidas alcohólicas pre envasadas. Es el inicio de un largo proceso gradual de cinco años orientado a simplemente saber qué es lo que realmente comemos y bebemos.

El nuevo etiquetado de los alimentos nos permitirá saber qué productos son dañinos por su exceso de calorías, azúcares, grasas saturadas, grasas trans y sal; qué productos dañan especialmente a los niños; se evitará que asociaciones médicas avalen productos perjudiciales; se restringirá el uso de publicidad y facilidad de acceso, en especial en las estanterías, de productos nocivos para los menores.

En suma, nos advertirá sobre los riesgos que corremos al adquirir productos que lo único que realmente alimentan son las ganancias financieras de gigantescos corporativos trasnacionales (algunos de origen mexicano que también dañan a la población de otras naciones, especialmente las más cercanas culturalmente, como las centroamericanas).

El cambio en el etiquetado es un acierto clave, pero quedan muchas cuentas por saldar: atender a 75% de la población total del país por sobrepeso y obesidad, a millones de diabéticos y prediabéticos, hipertensos, personas con alto riesgo de accidente coronario, etc, supone contar con muchísimo dinero para formar profesionales en salud, construir infraestructura, generar tecnología y apoyos financieros a los afectados en su salud. Las exorbitantes ganancias de las empresas productoras de basura comible y bebible, deberían ser la base esencial para obtener los recursos que permitan atender la salud y la dignidad de las víctimas de tales empresas.

Si somos lo que comemos, ya es hora de que los grandes corporativos y nuestros gobernantes no nos traten como personas chatarra.


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